Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Ahora debemos poner la mesa —dijo Ana con el tono de una sacerdotisa a punto de realizar un sacro rito en honor de alguna divinidad.
—Pondremos un gran jarrón con rosas silvestres en el medio, y una rosa frente a cada uno de los platos, y un ramo de capullos de rosa especialmente para la señora Morgan, una alusión a El jardÃn de los pimpollos.
La mesa fue puesta en la estancia, con el más fino mantel de linón de Marilla, su mejor porcelana, cristalerÃa y plata. Se puede tener la seguridad de que cada artÃculo fue limpiado escrupulosamente hasta obtener el máximo de brillo y esplendor.
Luego las jóvenes fueron a la cocina, impregnada de apetitosas fragancias que emanaban del horno, donde ya estaban cocinándose admirablemente los pollos. Ana preparó las patatas y Diana los guisantes y las habas. Después, mientras Diana se metÃa en la despensa a condimentar la ensalada de lechuga, Ana, cuyas mejillas habÃan comenzado ya a ponerse carmesà tanto por la excitación como por el calor del fuego, preparó la salsa para los pollos, picó las cebollas para la sopa y finalmente batió la crema para sus tartas de limón.
¿Y qué era de Davy todo ese tiempo? ¿CumplÃa la promesa de ser bueno? Por supuesto que sÃ.