Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Seguramente habría insistido en quedarse en la cocina, porque tenía curiosidad de verlo todo. Pero como se quedaba quieto sentado en un rincón, entretenido en deshacer los nudos de un pedazo de red para pescar arenques que se trajera de su última correría por la playa, nadie se opuso.

A las once y media, la ensalada de lechuga estaba hecha, los dorados círculos de las tartas adornados con la crema batida y todo a punto.

—Ahora será mejor que nos vayamos a vestir —dijo Ana— porque deben llegar alrededor de las doce. Comeremos a la una en punto, pues la sopa debe ser servida en cuanto esté hecha.

Ciertamente serios fueron los ritos relativos al atavío que se cumplieron en la buhardilla. Ana observó ansiosamente su nariz y se regocijó al comprobar que las pecas no se notaban en absoluto, gracias al jugo de limón, o quizá al rojo poco común de sus mejillas. Cuando estuvieron listas, parecían tan dulces, compuestas y juveniles como cualquiera de las «heroínas de la señora Morgan».



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