Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Espero que seré capaz de decir algo de cuando en cuando, y que no me quedaré como muda —dijo Diana ansiosamente—. Todas las heroÃnas de la señora Morgan conversan tan maravillosamente. Pero mucho me temo que pareceré sin lengua y estúpida y estoy segura de decir «Ya sé». No lo he dicho a menudo desde que tuvimos a la señorita Stacy de maestra, pero en momentos de excitación siempre se me escapa. Ana, si dijera «Ya sé» delante de la señora Morgan me morirÃa de vergüenza. Y será casi tan malo como no tener nada que decir.
—Yo estoy nerviosa por un montón de cosas —dijo Ana—, pero no creo que haya que temer que no tenga de qué hablar.
Y, para hacerle justicia, asà era.
Ana cubrió su vestido de muselina con un amplio delantal y fue a preparar la sopa. Marilla se habÃa arreglado y habÃa vestido a los mellizos. Nunca se mostró tan excitada.
A las doce y media llegaron los Alian y la señorita Stacy. Todo iba bien, pero Ana estaba empezando a ponerse nerviosa. Ya era tiempo de que llegaran Priscilla y la señora Morgan. HacÃa frecuentes viajes a la puerta y miraba hacia el camino con la misma ansiedad con que su tocaya de la historia de Barba Azul espiaba por la ventana de la torre.
—Supongamos que no vienen —dijo con tono lastimoso.