Ana, la de Avonlea

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—¡Desde luego que no! —fue la enfática respuesta—. Ni tampoco quiero ir con el tío Richard. Prefiero vivir aquí, aunque Marilla sea esa larga palabra respecto a los dulces, porque tú estás aquí. Ana, ¿no me contarás un cuento antes de dormir? No quiero un cuento de hadas. Eso está bien para las nenas, pero yo quiero algo más excitante, con muchos tiros y muertos y una casa incendiada y cosas interesantes por el estilo.

Por fortuna para Ana, Marilla le gritó desde su habitación:

—Ana, Diana está haciendo señales en gran escala. Mejor será que vayas a ver qué desea.

Ana corrió a su buhardilla y vio los parpadeos de la luz en grupos de cinco desde la ventana de Diana, lo que significaba de acuerdo a su antiguo código infantil «ven al instante, pues tengo algo importante que decirte». Ana se echó a la cabeza un chal blanco y cruzó apresuradamente el Bosque Embrujado y el prado del señor Bell, en dirección a «La Cuesta del Huerto».




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