Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Ana, tengo noticias para ti —dijo Diana—. Mamá y yo acabamos de regresar de Carmody y allí en la tienda del señor Blair vi a Mary Sentner, de Spencervale. Dice que las viejas Copp en el camino Tory tienen una fuente de porcelana y cree que es exactamente igual a la que se rompió. Dice que la venderán con gusto, pues Martha Copp nunca guarda nada que pueda vender, pero si no lo desean, en Spencervale, en lo de Wesley Keyson, hay otra y dice que sabe que la venderán, aunque no está segura de que sea exactamente de la misma calidad que la de tía Josephine.

—Mañana iré a Spencervale a verlas —dijo Ana resuelta—, y tú debes venir conmigo. Me sacaré un peso de encima, pues debo ir al pueblo pasado mañana y no me atrevería a enfrentarme a tía Josephine sin la fuente. Sería peor que la vez que tuve que confesarle lo del salto en la cama del cuarto de huéspedes.

Ambas muchachas rieron con el recuerdo, respecto al cual, si algún lector desconoce y siente curiosidad, debemos referirnos a Ana de las Tejas Verdes.

Las muchachas partieron la tarde siguiente. Hasta Spencervale había quince kilómetros y el día no era muy placentero para viajar. Era muy caluroso y en el camino había el polvo de seis semanas de sequía.


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