Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Espero que llueva pronto —suspiró Ana—. Todo está tan seco. Los pobres campos me dan lástima y los árboles parecen estar alzando sus brazos, en un ruego por la lluvia. Me entristezco cada vez que entro en mi jardÃn. Supongo que no deberÃa estar quejándome de mi jardÃn cuando los campesinos sufren por sus cosechas. El señor Harrison dice que sus pastos están tan abrasados que las pobres vacas apenas si pueden encontrar bocado y que se siente culpable de crueldad con los animales cada vez que les mira a los ojos.
Después de un viaje agotador, las muchachas llegaron a Spencervale y entraron al camino «Tory», un camino verde y solitario, donde las hierbas en el pavimento daban evidencia de la falta de tránsito. A lo largo de casi toda su extensión, estaba bordeado por espesos abetos, con claros aquà y allá, por donde llegaba hasta el camino alguna granja o se veÃan los troncos calcinados.
—¿Por qué le llaman el camino «Tory»? —preguntó Ana.
—El señor Alian dice que es por la misma causa que se le dice arboleda a un lugar donde no hay árboles —dijo Diana—, pues nadie vive en este camino, excepto las Copp y el viejo Martin Bovyer en el extremo más alejado y él es liberal. El gobierno Tory construyó el camino nada más que para demostrar que hacÃa algo.