Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea El padre de Diana era liberal, por cuya causa nunca discutĂan de polĂtica ella y Ana. Los habitantes de «Tejas Verdes» habĂan sido siempre conservadores.
Finalmente, las muchachas llegaron a la vieja casa de las Copp, un lugar de tal pulcritud exterior, que hasta «Tejas Verdes» hubiera empalidecido al contraste. La casa era de estilo muy antiguo, situada en una cuesta, hecho que obligara a hacer el edificio con un sĂłtano de piedra en un extremo. La casa y los edificios auxiliares se hallaban perfectamente blanqueados con cal y no se veĂa un solo hierbajo en el peripuesto jardĂn de la cocina, rodeado por su empalizada blanca.
—Las cortinas están corridas —dijo Diana tristemente—. Creo que no hay nadie.
Y asĂ era. Las muchachas se miraron perplejas.
—No sĂ© quĂ© hacer —dijo Ana—. Si estuviese segura de que la fuente es la que buscamos, no me importarĂa esperar. Pero si no lo es, puede que despuĂ©s sea demasiado tarde para ir a lo de Wesley Keyson.
Diana mirĂł a una ventanita del sĂłtano.
—Ésa es la ventana de la despensa, estoy segura —dijo—, porque la casa es igual a la de tĂo Charles en Newbridge y allĂ la ventana de la despensa está en ese lugar. La persiana no está echada, de modo que si subimos al techo de aquella caseta, podremos echar una mirada a la despensa y ver la fuente. ÂżTe parece que estará mal?