Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—No, no lo creo —decidió Ana, tras la debida reflexión—, ya que nuestra razón no es la mera curiosidad.

Una vez arreglado este asunto de ética, Ana se dispuso a subir a la «caseta» antes mencionada, con techo a dos aguas, que en otro tiempo sirviera de cobertizo a los patos. Las Copp habían abandonado la crianza de patos, «porque eran animales muy desaseados», y la construcción no se usaba desde hacía años, excepto para guardar gallinas. Aunque escrupulosamente blanqueada, estaba destartalada y Ana no se sentía muy segura mientras subía apoyándose en un barril.

—Temo que no pueda resistir mi peso —dijo mientras pisaba con cuidado el tejado.

—Apóyate en la ventana —le aconsejó Diana y Ana le hizo caso.

Con alegría vio una fuente de porcelana exactamente igual a la que buscaba sobre el estante de la ventana. Eso fue todo lo que pudo ver antes de la catástrofe. En su alegría, Ana olvidó la precaria calidad de su sostén, dejó de apoyarse en el marco de la ventana, dio un impulsivo salto de placer… y se hundió hasta los sobacos en el techo y allí quedó colgada, incapaz de soltarse. Diana entró como pudo en la caseta y tomando de la cintura a su infortunada amiga, trató de bajarla.


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