Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Oh… no —se quejó la pobre Ana—. Hay unas astillas largas que se me clavan. Mira a ver si puedes colocarme algo bajo los pies… quizá así pueda subir.

Diana metió el barril y Ana pudo apoyar los pies. Pero no se podía liberar.

—¿Podré sacarte si subo? —sugirió Diana. Ana negó desesperanzada.

—No… las astillas hacen mucho daño. Quizá me puedas sacar si encuentras un hacha. Oh, estoy empezando a creer que nací bajo una estrella maléfica.

Diana buscó cuidadosamente, pero no había hacha.

—Tendré que ir a buscar ayuda —dijo, y volvió junto a la prisionera.

—No —dijo Ana vehemente—. Si lo haces, todo el mundo lo sabrá y me moriré de vergüenza. No, tendremos que esperar que las Copp regresen y pedirles que guarden el secreto. Sabrán dónde está el hacha y me sacarán. No estoy incómoda si me quedo quieta, incómoda de cuerpo, desde luego. ¿En cuánto evaluarán las Copp esta caseta? Tendré que pagar el daño que hice, pero no me importaría si comprendieran mis razones para espiar por la ventana de la despensa. Mi único consuelo es que la fuente es de la clase que busco y si la señorita Copp me la vende, me resignaré a lo que ha sucedido.

—¿Y qué ocurre si las Copp no regresan hasta entrada la noche… o hasta mañana?


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