Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Mientras caían las primeras gotas, Diana desató el poni y lo llevó bajo el alero. Allí se sentó a contemplar el chaparrón, que fue tan fuerte que apenas si pudo ver a Ana, que sostenía valientemente la sombrilla sobre su cabeza desnuda. No hubo muchos truenos, pero llovió durante casi una hora. Ocasionalmente, Ana echaba atrás la sombrilla y hacía un gesto de valor con la mano, ya que dadas las circunstancias, la conversación era imposible. Por fin cesó la lluvia, salió el sol y Diana se aventuró a través de los charcos.

—¿Te has mojado mucho? —preguntó ansiosa.

—No —contestó Ana alegremente—. Tengo bastante seca la cabeza y los hombros y las faldas sólo se me mojaron donde entró el agua por entre los listones. No te apiades de mí, Diana, pues yo no le he dado importancia. Todo el tiempo pensé cuánto bien hará esta lluvia y qué contento estará mi jardín; imaginemos qué pensarán las flores y los capullos cuando empiecen a caer las gotas. Imaginé un diálogo muy interesante entre los ásteres y los guisantes y el espíritu guardián del jardín. Tengo pensado escribirlo en cuanto llegue a casa. Quisiera tener lápiz y papel para hacerlo ahora, porque quizá me olvide las mejores partes antes de llegar a casa.


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