Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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La fiel Diana tenía lápiz y descubrió una hoja de papel de embalar en la caja del coche. Ana cerró la chorreante sombrilla, se puso el sombrero, desplegó el papel sobre una madera que le alcanzara Diana y escribió su idilio jardinero, en condiciones que no podrían ser consideradas como favorables para la literatura. Sin embargo, el resultado fue bastante bueno y Diana se sintió «arrebatada» cuando Ana se lo leyó.

—Oh, Ana, qué dulce… Envíalo a la Mujer Canadiense. Ana negó con la cabeza.

—Oh, no, no serviría para nada. No tiene argumento. No es más que una sucesión de fantasías. Me agrada escribirlas, pero no sirven para publicarse, pues los editores insisten en que tengan argumento, como dice Priscilla. Oh, ahí está la señorita Copp. Diana, ve y explícale, por favor.

La señorita Sarah Copp era una persona pequeña, vestida de negro, con un sombrero elegido menos con sentido de la moda que de la utilidad. Miró con toda la sorpresa que podía esperarse el espectáculo, pero cuando escuchó la explicación de Diana, fue todo piedad. Rápidamente abrió la puerta trasera, trajo un hacha y con unos pocos y hábiles golpes, puso a Ana en libertad. Ésta, ligeramente entumecida, se deslizó dentro de la prisión y salió libre una vez más.


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