Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Señorita Copp —dijo ansiosamente—, le aseguro que miré por la ventana de su despensa sólo para ver si tenÃa una fuente de porcelana. No vi otra cosa, ni busqué otra cosa tampoco.
—Está bien —dijo amigablemente la señorita Sarah—. No tiene por qué preocuparse, no ha hecho daño alguno. Gracias a Dios, nosotras las Copp mantenemos presentable la despensa en cualquier momento y no nos importa quién la mira. En lo que se refiere al techo, me alegra que se haya roto, porque quizá ahora Martha acepte que lo derriben. Nunca lo hacÃa por temor a que pudiera servir de algo y yo debÃa blanquear la construcción cada primavera. Pero es inútil discutir con ella. Hoy se ha ido al pueblo; la he llevado a la estación. Usted quiere comprarme la fuente. Bueno, ¿cuánto me dará por ella?
—Veinte dólares —dijo Ana, que se hallaba preparada para negociar con las Copp, pues de otro modo, no hubiera ofrecido su precio desde el principio.