Ana, la de Avonlea

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—Bueno, ya veré —dijo cautelosamente Sarah—. Por fortuna esa fuente es mía, de lo contrario no me atrevería a venderla cuando Martha no está aquí. De todas maneras, estoy segura de que protestará. Es la dueña de este establecimiento, se lo aseguro. Me estoy cansando de vivir bajo el dominio de otra mujer. Pero, entren, por favor. Deben estar hambrientas. Les ofrezco té, pero les aviso que no esperen nada fuera de pan con mantequilla. Martha cerró bajo llave todas las tortas y el dulce antes de irse. Hace eso porque dice que soy demasiado extravagante cuando vienen visitas.

Las chicas estaban lo suficientemente hambrientas para aceptar cualquier cosa y disfrutaron del pan y de la magnífica mantequilla. Cuando terminaron de tomar el té, Sarah dijo:

—No sé si me importará vender la fuente. Pero vale veinticinco dólares. Es muy antigua.

Diana le asestó a Ana un débil puntapié por debajo de la mesa, queriendo decir con ello: «no aceptes; si resistes, aceptará los veinte». Pero Ana no estaba dispuesta a correr riesgos. Rápidamente accedió a dar veinticinco, con lo que la señorita Sarah lamentó no haber pedido treinta.


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