Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Bueno, creo que se la pueden llevar. Quiero todo el dinero que pueda sacar ahora. El hecho es —la señorita Sarah alzĂł la cabeza enfáticamente con un orgulloso rubor que le cubrĂa las pálidas mejillas— que voy a casarme con Luther Wallace. Estuvo enamorado de mĂ hace veinte años. Yo le querĂa mucho pero en aquel entonces Ă©l era muy pobre y papá lo puso de patitas en la calle. Supongo que no debĂ haberle dejado ir tan dĂłcilmente, pero era tĂmida y temĂa a mi padre. Además, no sabĂa que los hombres eran tan escasos.
Cuando las jovencitas se encontraron fuera sanas y salvas, Diana conduciendo y Ana sosteniendo cuidadosamente la fuente, la verde soledad del camino «Tory» se sintió revivir con las risas juveniles.
—Mañana cuando vaya a la ciudad divertirĂ© a tu tĂa Josephine contándole la «extraña y memorable historia» de esta tarde. Hemos pasado un momento de prueba, pero ya ha terminado. Tengo la fuente y la lluvia ha asentado el polvo admirablemente, de manera que «bien está lo que bien acaba».
—Aún no hemos llegado a casa —dijo Diana algo pesimista—. Y nadie puede decir qué puede ocurrir antes de que lleguemos. ¡Eres una joven única para tener aventuras, Ana!
—Tener aventuras es algo natural en algunas personas —dijo Ana serenamente—. O se tienen o no se tienen dotes para vivirlas.