Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—¡Estoy tan contento de que haya venido, señorita! —dijo ansiosamente—. Abuelita no está. Se quedará a tomar el té conmigo, ¿no es cierto? Es tan triste tomar el té solo, señorita. Había considerado seriamente la posibilidad de pedirle a Mary Joe que se sentara a tomar el té conmigo, pero supuse que la abuelita no lo aprobaría. Dice que a los franceses hay que ponerlos en su lugar. Y, de cualquier modo, es difícil hablar con la joven Mary Joe. Sólo se ríe y dice: «Bueno, usted gana a todos los chicos que he conocido». Ésta no es mi idea sobre la conversación.

—Por supuesto que me quedaré a tomar el té —exclamó Ana alegremente—. Me moría porque me lo pidieras. Mi boca se hace agua pensando en los deliciosos panecillos de tu abuelita desde que vine a tomar el té la otra vez.

Paul se puso muy serio.

—Si dependiera de mí, señorita —dijo de pie delante de Ana, con las manos en los bolsillos y una repentina sombra de preocupación en su hermosa carita—, tendría usted panecillos.

»Pero depende de Mary Joe. He oído que la abuela le decía antes de irse que no me diera ninguna tortita porque eran demasiado fuertes para el estómago de los niños. Pero quizá Mary Joe quiera cortar algunas para usted si le prometo no probar ni una. Esperemos lo mejor.


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