Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Sí, esperemos —accedió Ana con alegre filosofía—. Y si Mary Joe es de corazón duro y no me da ningún panecillo, no tiene la menor importancia, de modo que no debes preocuparte.

—¿Está segura que no le importaría? —preguntó Paul ansiosamente.

—Perfectamente segura, corazón.

—Entonces no me preocupa —dijo Paul con un largo suspiro de alivio—, especialmente porque en realidad creo que Mary Joe entrará en razón. En general no es una persona irrazonable, pero ha aprendido por experiencia que no es bueno desobedecer las órdenes de la abuela. Es una buena mujer, pero debe hacerse lo que ella dice. Esta mañana estaba muy contenta conmigo porque por fin pude arreglármelas para terminar mi plato de potaje. Fue un gran esfuerzo, pero triunfé. Abuelita dice que hará un hombre de mí. Pero, señorita, quiero hacerle una pregunta muy importante. Me contestará sinceramente, ¿verdad?

—Lo intentaré —dijo Ana.

—¿Cree usted que ando mal de la cabeza? —preguntó Paul como si toda su existencia dependiera de la respuesta.

—¡Oh, no, Paul, por Dios! por supuesto que no. ¿Quién te metió esa idea en la cabeza?


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