Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Bueno, luego le diré los pensamientos que le conté a Mary Joe y podrá ver si hay algo de raro en ellos —dijo Paul—; pero esperaré hasta que empiece a oscurecer. Ésa es la hora en que siento necesidad de contar cosas y si no tengo a mano a nadie más tengo que decírselas a Mary Joe. Pero de ahora en adelante no lo haré, si eso le hace pensar que estoy mal de la cabeza. Sufriré y aguantaré.

—Y si sufres mucho, puedes venir a «Tejas Verdes» a contarme a mí tus pensamientos —sugirió Ana con toda la seriedad que la hacía tan querida a los niños, quienes adoran ser tomados en serio.

—Sí, lo haré. Pero espero que no esté Davy cuando vaya, porque me hace muecas. No le doy mucha importancia, pues es un niño y yo ya soy grande. Pero así y todo, no es muy agradable que te hagan muecas. Y Davy hace algunas terribles. A veces temo que no pueda volver a recuperar sus propias facciones. Me las hace en la iglesia, cuando debo pensar en cosas sagradas. A Dora le gusto y ella me gusta a mí, pero no tanto como antes, desde que le dijo a Minnie May Barry que quería casarse conmigo cuando fuera mayor. Podré casarme con alguien cuando crezca, pero soy demasiado joven aún para pensar ya en ello. ¿No le parece?

—Muy joven —admitió Ana.


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