Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Como resultado de la «consulta», Mary Joe cortó el panecillo y agregó un plato de dulce. Ana sirvió el té y tuvieron una alegre merienda en la oscura y vieja sala cuyas ventanas estaban abiertas a la brisa del golfo, y hablaron de tantas «tonterías» que Mary Joe quedó escandalizada y a la tarde siguiente le contó a Verónica que «la mademoiselle del colegio» era tan rara como Paul. Después del té el niño llevó a Ana a su habitación para mostrarle el retrato de su madre, que había sido el misterioso regalo de cumpleaños que guardara la señora Irving en la biblioteca. El pequeño dormitorio de techos bajos de Paul era un suave remolino de luz rojiza del sol que se ponía sobre el mar y movedizas sombras de los abetos que crecían junto a la ventana. En medio de todo ese suave brillo y encanto, se distinguía un dulce y juvenil rostro, con tiernos ojos maternales, colgado en la pared que daba a los pies de la cama.
—Ésa es mi mamá —dijo Paul con amoroso orgullo—. Conseguí que abuelita lo colgara allí, donde puedo verlo en cuanto abro los ojos por la mañana. Ahora ya no me importa no tener luz cuando me acuesto, porque pienso que mi madre está aquí conmigo. Papá acertó con el regalo de cumpleaños, aunque nunca me preguntó nada. ¿No es maravilloso cuánto saben los padres?
—Tu madre era muy guapa, Paul, y tú te pareces algo a ella. Pero sus ojos y cabellos son más oscuros que los tuyos.