Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Mis ojos son del mismo color que los de papá —dijo Paul mientras cruzaba la habitación para amontonar todos los almohadones disponibles sobre el alféizar de la ventana—, pero el cabello de papá es gris. Tiene mucho, pero es gris. Papá tiene casi cincuenta años. Es ya maduro, ¿no le parece? Pero sólo viejo por fuera. Por dentro es tan joven como cualquiera. Ahora, señorita, por favor, siéntese aquÃ, y yo me sentaré a sus pies. ¿Puedo recostar mi cabeza sobre sus rodillas? Asà es como nos sentábamos mamá y yo. ¡Oh, creo que es realmente espléndido!
—Ahora, quiero oÃr esos pensamientos que a Mary Joe le parecen tan extraños —dijo Ana acariciando la rizada cabecita.
Paul nunca necesitó que le presionaran para que contara sus pensamientos… por lo menos, a un alma gemela.