Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Los imaginé una noche en el bosque de abetos —dijo soñadoramente—. Por supuesto no los creo, pero los imaginé. Y entonces quise contárselos a alguien y no estaba más que Mary Joe haciendo pan en la despensa. Me senté en un banco a su lado y dije: «Mary Joe, ¿sabes lo que pienso? Creo que el lucero de la tarde es un faro donde viven las hadas». Y Mary Joe me contestó: «Bueno, ya salió el niño raro. Las hadas no existen». Yo me sentí muy excitado. Por supuesto que sé que no hay hadas, pero nada me impide pensar que existen. Pero volví a insistir pacientemente. Dije: «Bueno, Mary Joe, ¿sabes lo que pienso? Pienso que después que se pone el sol, un ángel camina sobre el mundo… un ángel alto, blanco, con alas plateadas… y les canta a las flores y a los pájaros para que se duerman. También los niños pueden escucharlo si saben oírlo». Entonces Mary Joe levantó sus manos llenas de harina y dijo: «Bueno, eres un niño muy raro. Me haces sentir miedo». Y realmente parecía asustada. Entonces salí y le conté al jardín el resto de mis pensamientos. Ha muerto un pequeño abedul que había en el jardín y la abuela dice que ha sido a causa de la sal del mar; pero yo creo que la dríada que vivía en él era una tonta que quiso vagar y conocer mundo y se ha perdido. Y al pobre árbol se le rompió el corazón de tristeza.



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