Ana, la de Avonlea

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—Y cuando la pobre y tonta dríada, cansada del mundo, regrese en busca de su árbol, será su corazón el que quedará destrozado —dijo Ana.

—Sí; pero si las dríadas son tontas, deben atenerse a las consecuencias, como si fueran personas —dijo Paul gravemente—. ¿Sabe lo que pienso de la luna nueva, señorita? Creo que es un botecillo dorado, lleno de sueños.

—Y cuando una nube lo golpea algunos se desprenden y caen en nuestra mente cuando dormimos.

—Exacto, señorita. ¡Oh, usted si que entiende! Y también pienso que las violetas son pequeños recortes de cielo que caen cuando los ángeles cortan los agujeritos por donde brillan las estrellas. Y que los ranúnculos son viejos rayos de sol y que los guisantes se convierten en mariposas cuando van al cielo. Ahora bien, señorita, ¿ve algo que le resulte tan raro en estos pensamientos?

—No, querido, no tienen nada de raro; es extraño y hermoso que los piense un niño y por eso los califican de raros las personas que no serían capaces de imaginarlos ni aunque lo intentaran durante cien años. Pero continúa con ellos, Paul; creo que algún día serás poeta.


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