Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Cuando Ana regresó a su casa, halló a un niño de tipo muy diferente, esperando que le acostaran. Davy estaba malhumorado; cuando Ana lo hubo desnudado, se arrojó sobre el lecho y escondió la cara entre las almohadas.
—Davy, te has olvidado de decir tus oraciones —dijo Ana con reproche.
—No, no me he olvidado —respondió el niño desafiante—, pero no voy a rezar nunca más. Renuncio a tratar de portarme bien, porque no importa lo bueno que sea, tú siempre querrás más a Paul Irving. De modo que seré malo y por lo menos me divertiré.
—Yo no quiero más a Paul Irving —dijo Ana seriamente—. Te quiero tanto como a él, sólo que de diferente manera.
—Pero quiero que me quieras de la misma manera —insistió Davy.
—No se puede querer a personas diferentes de la misma forma. Tú no nos quieres a Dora y a mí del mismo modo, ¿no es cierto?
Davy se sentó y reflexionó.
—No… o… o… —admitió finalmente—. Quiero a Dora porque es mi hermana, pero a ti porque eres tú.
—Y yo quiero a Paul porque es Paul y a Davy porque es Davy —dijo Ana alegremente.