Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Bueno, entonces diré mis oraciones —dijo Davy convencido—. Pero es mucho trabajo volver a levantarse. Rezaré dos veces mañana por la mañana, Ana. ¿Crees que estará bien?
—No —Ana positivamente no lo creÃa asÃ. De manera que Davy saltó del lecho y se arrodilló frente a ella. Cuando terminó sus oraciones se incorporó y la miró.
—Ana, soy más bueno que antes.
—SÃ, claro que sÃ, Davy —asintió Ana, quien nunca vacilaba en dar la razón a quien la tenÃa.
—Sé que soy más bueno —dijo Davy confidencialmente— y te diré por qué lo sé. Hoy Marilla me ha dado dos trozos de dulce, uno para mà y otro para Dora. Uno era mucho más grande que el otro y Marilla no me dijo cuál era el mÃo. Pero yo le di el más grande a Dora. Eso estuvo muy bien, ¿no es cierto?
—Muy bien, Davy, y muy caballeroso.
—Claro que como Dora no tenÃa mucha hambre, sólo comió la mitad y me dio el resto —admitió Davy—, pero eso yo no lo sabÃa cuando le di el pedazo más grande, de modo que fui bueno, Ana.