Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Al anochecer, Ana fue hasta la Burbuja de la Dríada y vio a Gilbert Blythe que llegaba cruzando el Bosque Embrujado. Repentinamente se dio cuenta de que Gilbert ya no era un colegial y de lo varonil y apuesto que parecía; alto, de rostro franco, con claros ojos y anchas espaldas. Ana pensó que Gilbert era muy buen mozo, aun cuando no se parecía a su ideal de hombre. Hacía ya mucho que ella y Diana habían decidido qué clase de hombre admiraban y sus gustos eran exactamente iguales. Debía ser muy alto y distinguido, de ojos melancólicos e inescrutables, y voz suave y simpática. No había nada de melancólico e inescrutable en la fisonomía de Gilbert, pero, por supuesto, eso no tenía importancia en cuestión de amistad.
Gilbert se destacó de entre los abetos y observó a Ana apreciativamente.