Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Si se le hubiera pedido a Gilbert que describiera su ideal de mujer, la respuesta hubiera correspondido punto por punto a Ana, incluyendo hasta las siete pecas que tanto la mortificaban. Gilbert era poco más que un muchacho, pero un muchacho tiene sus sueños como todos, y en los de Gilbert había siempre una joven de grandes y límpidos ojos grises y rostro tan fino y delicado como una flor. También había decidido que su futuro debía ser digno de sus virtudes. Hasta en la tranquila Avonlea se encontraban tentaciones. La juventud de White Sands era algo alocada y Gilbert se hacía popular en todas partes. Pero quería ser digno de la amistad de Ana y hasta, algún día, de su amor; y cuidaba sus palabras, pensamientos y actos tan celosamente como si ella fuera a juzgarlos. Ejercía sobre él la inconsciente influencia de toda joven cuyos ideales son altos y puros, influencia que perduraría mientras ella continuara siendo fiel a esos ideales y que desaparecería si faltara a ellos.

Para Gilbert, el principal encanto de Ana consistía en que nunca cayera en los defectos de tantas jóvenes de Avonlea; los pequeños celos, las rivalidades, la lucha por ser preferidas. Ana se mantenía apartada de todo eso, no intencionadamente, sino simplemente porque no entraba dentro de su impulsiva naturaleza ni de sus aspiraciones.


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