Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Pero Gilbert no intentaba traducir en palabras sus pensamientos; tenÃa muy buenas razones para saber que Ana cortarÃa despiadada e indiferentemente todo intento de brote de sentimentalismo; o se reirÃa de él, lo que era diez veces peor.
—Realmente pareces una verdadera drÃada bajo ese abedul —dijo burlonamente.
—Adoro los abedules —dijo Ana apoyando su mejilla contra el blanco raso del delicado tronco, con uno de sus encantadores y espontáneos gestos.