Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Ana suspiró levemente. Quería mucho a Diana y siempre habían sido buenas amigas. Pero mucho tiempo atrás había aprendido que cuando se aventuraba en el reino de la fantasía, debía hacerlo sola. Era una senda encantada por donde no podía seguirla ni el ser más querido.
Mientras las chicas estaban en Carmody cayó un chaparrón; no duró mucho, sin embargo, y la vuelta a casa, entre sendas donde las gotas de lluvia chispeaban sobre los setos y los valles cubiertos de hojarasca, donde los helechos mojados llenaban el aire de aromático olor, fue deliciosa.
Pero justo cuando doblaron para entrar en el sendero de los Cuthbert, Ana vio algo que echó a perder la belleza del paisaje.
Ante ellas, a la derecha, se extendía el amplio campo del señor Harrison, húmedo y lujurioso, con avena tardía, gris verdosa; y allí, en medio, mirándolas tranquilamente por encima de las campanillas, pastaba una vaca Jersey.
Ana dejó caer las riendas y se puso en pie, con un gesto en los labios que no presagiaba nada bueno para el depredador cuadrúpedo.
No dijo palabra, pero bajó ágilmente por la rueda y saltó la cerca antes de que Diana comprendiera qué había ocurrido.