Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Ana, vuelve —gritó, como si hubiera recobrado su voz—. Echarás a perder tu vestido con el grano húmedo… lo echarás a perder. ¡No me escucha! Bueno, nunca podrá sacar sola esa vaca. Debo ir a ayudarla.
Ana corrió entre el grano como enloquecida. Diana saltó vivamente del coche, aseguró el caballo en un poste, se echó las faldas de su lindo vestido sobre los hombros, cruzó la cerca y empezó la persecución de su frenética amiga. PodÃa correr más rápido que Ana, a quien molestaba su falda empapada, y pronto la alcanzó. Tras ellas dejaron una senda capaz de romperle el corazón al señor Harrison cuando la viera.
—Ana, detente, por el amor de Dios —dijo resollando la pobre Diana—. Estoy sin respiración y tú estás completamente empapada.
—Tengo… que… sacar… esa… vaca… antes que… el señor Harrison… la vea —exhaló Ana—. No… me importa… ahogarme… si… sólo… podemos… hacer eso.
Pero la vaca Jersey parecÃa no ver razón de peso para abandonar su sabrosa comida. Tan pronto se le hubieron acercado las dos muchachas, giró y salió corriendo hacia el extremo opuesto del campo.
—¡Arréala! —gritó Ana—. ¡Corre, Diana, corre!