Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Diana corrió. Ana también, y la maldita vaca corrió por todo el campo como posesa. Ana creyó que lo estaba. Pasaron unos buenos diez minutos antes de que la hicieran salir por la senda de la esquina al campo de los Cuthbert.
Es innegable que Ana estaba muy lejos de la calma en esos momentos. Tampoco la tranquilizó mucho contemplar un carricoche detenido del otro lado del sendero, donde estaban sentados el señor Shearer y su hijo, ambos de Carmody, ostentando una amplia sonrisa.
—Sospecho que más le hubiera valido haberme vendido esa vaca cuando quise comprársela la semana pasada, Ana —murmuró el señor Shearer.
—Se la vendo ahora si la quiere —dijo la arrebatada y desgreñada dueña—. Se la puede llevar en este mismo momento.
—Trato hecho. Le daré los veinte dólares que le ofrecí, y Jim se la llevará a Carmody. Saldrá con el resto del embarque esta noche. El señor Reed de Brighton quiere una vaca Jersey.
Cinco minutos más tarde, Jim Shearer y la vaca subían por el camino, y la impulsiva Ana marchaba hacia «Tejas Verdes» con sus veinte dólares.
—¿Qué dirá Marilla? —preguntó Diana.