Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Hoy no me voy a preocupar por cocinar para Davy y para mí —dijo—. Almorzaremos jamón frío y tendré un filete listo para cuando regrese esta noche.

—Voy a ayudar al señor Harrison a juntar algas comestibles esta mañana —anunció Davy—. Me lo pidió y sospecho que me invitará a almorzar. El señor Harrison es un hombre muy gentil. Es muy sociable. Espero ser como él cuando crezca. Me refiero a portarme como él, pero no quiero tener su apariencia. Me parece que no hay peligro, porque la señora Lynde dice que soy un buen niño. ¿Te parece que eso durará, Ana? Quiero saber.

—Me atrevo a decir que sí —respondió Ana—. Tú eres un niño bueno, Davy —Marilla mostraba su desaprobación—, pero debes hacer honor a ello y ser tan bueno y caballeroso como aparentas.

—Y el otro día le dijiste a Minnie May Barry, cuando la encontraste llorando porque alguien dijo que era fea, que si era buena, gentil y amable, a nadie le iba a importar su apariencia —dijo Davy descontento—. Me parece que en este mundo no se puede dejar de ser bueno por una u otra razón. Hay que portarse bien.

—¿Tú no quieres ser bueno? —preguntó Marilla que, aunque aprendiera mucho, aún no sabía lo fútil de hacer tales preguntas.


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