Ana, la de Avonlea

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—Sí, quiero ser bueno, pero no demasiado bueno —respondió Davy cauteloso—. Para ser director de la Escuela Dominical no es necesario ser demasiado bueno. El señor Bell es un hombre realmente malo.

—De ninguna manera —dijo Marilla indignada.

—Lo es, él mismo lo dice —afirmó Davy—. Lo dijo cuando rezó el domingo en la Escuela Dominical. Dijo que era un vil gusano, un miserable pecador y culpable de la iniquidad más grande. ¿Por qué es tan malo, Marilla? ¿Mató a alguien? ¿O robó la colecta? Quiero saber.

Por fortuna, en aquel momento llegó la señora Lynde en su coche y Marilla partió con la sensación de haber escapado al ansia de un cazador y deseó devotamente que el señor Bell no fuera tan figurativo en sus oraciones públicas, especialmente ante el auditorio de muchachitos que siempre «quieren saber».





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