Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Ana trabajó a conciencia. Barrió el piso, hizo las camas, alimentó las aves, lavó el vestido de muselina y lo puso a secar. Entonces se preparó para las plumas. Fue a la buhardilla y se puso el primer vestido viejo que halló a mano, un vestido de cachemira que llevara cuando tenía catorce años. Era decididamente corto y tan ridículo como aquel que vistiera en la memorable ocasión de su presentación en «Tejas Verdes»; pero, por lo menos, las plumas no iban a echarlo a perder. Ana terminó de vestirse atándose a la cabeza un pañuelo de lunares blanco y rojo que perteneciera a Matthew y con ese atavío se trasladó a la antecocina, donde Marilla, antes de partir, la ayudara a llevar el colchón de plumas.

Colgado junto a la ventana había un espejo roto y allí se miró Ana en un mal momento. En su nariz estaban las siete pecas, más rampantes que nunca, o por lo menos así lo parecían a la luz de la ventana.

—Oh, anoche olvidé frotarme con esa loción —pensó—. Será mejor que corra a la despensa y lo haga ahora.




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