Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Ana ya había tenido algunos disgustos por tratar de hacer desaparecer las pecas. En una ocasión, cambió toda la piel de su nariz, pero las pecas permanecieron. Pocos días antes, había encontrado una receta de loción contra las pecas en una revista y, como los ingredientes se hallaban al alcance de su mano, la preparó en seguida, ante el disgusto de Marilla, quien pensaba que si la Providencia le obsequiaba a una con pecas, era deber ineludible dejarlas.
Ana bajó a la despensa que, siempre oscura por el gran sauce que crecía junto a la ventana, estaba ahora casi sin luz, debido a la cortina contra las moscas. Ana cogió la botella que contenía la loción y se untó la nariz utilizando una esponja. Una vez realizado ese importante deber, retornó a su labor. Alguien que haya cambiado plumas de un colchón a otro sabrá que cuando Ana terminó era digna de verse. Su vestido estaba blanco por los plumones, y el cabello que escapaba bajo el pañuelo se hallaba adornado por un verdadero halo de plumas. En aquel preciso momento sonó un golpe en la puerta de la cocina.
—Debe ser el señor Shearer —pensó Ana—. Estoy horrible, pero debo bajar, pues siempre tiene prisa.