Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Ana voló a la puerta de la cocina. Si alguna vez se abrió el suelo para tragar a una emplumada damisela, debió haber sido en aquel momento en «Tejas Verdes». En la puerta se hallaba Priscilla Grant, dorada y rubia con un vestido de seda; una baja y rolliza dama con un traje de tweed y cabellos grises, y otra dama, alta, majestuosa, vestida maravillosamente, con una cara hermosa y grandes ojos violeta, que produjo a Ana la «instintiva sensación» (como hubiera dicho en sus años primeros) de ser la señora Charlotte E. Morgan.