Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Es terrible haber llegado asÃ, tan inesperadamente —se disculpó Priscilla—, pero hasta anoche no supe que venÃamos. TÃa Charlotte se va el lunes y habÃa prometido pasar el dÃa de hoy con una amiga del pueblo. Pero anoche, su amiga la llamó por teléfono para decirle que no fuera porque se hallaba en cuarentena por la escarlatina. De modo que yo sugerà que viniéramos aquÃ, pues sabÃa que tenÃas ganas de verla. Pasamos por el hotel de White Sands y trajimos a la señora Pendexter con nosotros. Es amiga de mi tÃa; su marido es millonario y viven en Nueva York. No podremos estar mucho tiempo, pues la señora Pendexter debe estar de regreso a las cinco en el hotel.
Mientras estaban liberando al caballo de sus arreos, Ana notó que Priscilla la miraba perpleja.
«No tiene necesidad de mirarme asû pensó Ana un poco resentida. «Si no sabe qué es traspasar un colchón de plumas, puede imaginarlo».
Cuando Priscilla hubo entrado a la sala y antes de que Ana pudiera escapar escaleras arriba para asearse, Diana entró a la cocina. Ana tomó del brazo a su sorprendida amiga.
—Diana Barry, ¿quién supones que está en esa sala en este mismo momento? La señora Charlotte E. Morgan… y la esposa de un millonario de Nueva York… y aquà me tienes a mà de este modo… y sin otra cosa en la casa para almorzar que un hueso de jamón.