Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Para entonces, Ana ya habÃa percibido que Diana la contemplaba precisamente con la misma perplejidad que Priscilla. Aquello era demasiado.
—Oh, Diana, no me mires asà —imploró—. Tú, por lo menos, debes saber que ni la persona más pulcra del mundo podrÃa cambiar un colchón de plumas sin ponerse asÃ.
—No… son… las… plumas —dijo Diana—. Es… tu nariz, Ana.
—¿Mi nariz? ¡Oh, Diana, no le ha pasado nada raro!
Ana corrió hasta el pequeño espejo del fregadero. Una mirada le reveló la cruda realidad. ¡Su nariz estaba de un escarlata brillante!
Ana se sentó en el sofá, con el espÃritu vencido por fin.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Diana, en quien la curiosidad venció a la delicadeza.
—Creà que la estaba frotando con la loción para las pecas, pero debo haber usado la tinta para los dibujos de las alfombras de Marilla. ¿Qué haré?
—Lávala —dijo Diana.