Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Quizá no salga. Primero tiño mis cabellos; luego, la nariz. Marilla me cortó el pelo entonces, pero ese remedio no será posible en este caso. Bueno, ése es otro castigo por ser vanidosa y supongo que me lo merezco… aunque eso no me consuela mucho. Es como para hacerle creer a uno en la mala suerte, aunque la señora Lynde diga que no hay tal cosa, porque todo está escrito.
Por fortuna, el tinte salió con facilidad y Ana, algo consolada, se dirigió a la buhardilla mientras Diana corrÃa a casa. Al poco rato, Ana bajó, bien vestida y de buen humor. El vestido de muselina que esperara vestir, bailaba afuera en la cuerda, de mañera que se vio forzada a contentarse con uno negro. Ya tenÃa el fuego encendido y el té casi listo cuando regresó Diana, con su vestido de muselina y una fuente cubierta en la mano.
—Mamá te envÃa esto —dijo, alzando la tapa y mostrando un pollo trinchado ante los ojos agradecidos de Ana.
El pollo fue complementado con pan, excelente mantequilla y queso, torta de frutas de Marilla y un plato de cerezas en almÃbar. Un gran jarrón de flores blancas y rosadas decoraba la mesa. Sin embargo, todo aquello parecÃa magro ante el programa que prepararan para la señora Morgan.