Ana, la de Avonlea

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Las hambrientas huéspedes, sin embargo, no parecieron pensar que faltaba algo y comieron los alimentos con aparente alegría. Al poco rato, las preocupaciones de Ana se desvanecieron. La apariencia exterior de la señora Morgan podía ser un poco desilusionante, como se vieron forzadas a admitir sus más leales admiradoras, pero su conversación resultó magnífica. Había viajado mucho y era una excelente narradora. Conocía muchas clases de hombres y mujeres y sus experiencias se cristalizaban en una serie de frases y epigramas que hacían que sus oyentes creyeran estar escuchando a uno de sus personajes. Pero bajo su brillantez, se podía sentir una fuerte corriente de verdadera simpatía y de buen corazón, que le ganaba afectos con tanta facilidad como su brillantez le ganaba admiraciones. Tampoco monopolizaba la conversación. Podía hacer hablar a los demás con tanta habilidad y franqueza como lo hacía ella, y Ana y Diana se encontraron charlando tranquilamente con su visitante. La señora Pendexter habló poco; simplemente sonrió con sus hermosos ojos y labios y comió pollo, torta de frutas y confituras con tan exquisita gracia que daba la impresión de estar almorzando mieles y ambrosías. Pero, como dijo Ana más tarde a Diana, alguien tan divinamente hermoso como la señora Pendexter no tenía necesidad de hablar, era suficiente que mirara.



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