Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Después de almorzar, pasearon por el Sendero de los Amantes, por el Valle de las Violetas y el Camino de los Abedules, y después cruzaron el Bosque Embrujado hacia la Burbuja de la Dríada, donde se sentaron y charlaron durante la deliciosa última hora. La señora Morgan quiso saber el porqué del nombre del Bosque Embrujado y rió hasta que se le saltaron las lágrimas cuando supo la historia y el dramático relato de Ana de cierto paseo a través de él a la hora embrujada del crepúsculo.
—Ha sido una fiesta para el espíritu —dijo Ana cuando se hubieron marchado sus huéspedes y se hallaba sola con Diana otra vez—. No sé qué me gustó más, si escuchar a la señora Morgan o contemplar a la señora Pendexter. Creo que hemos pasado un rato mejor que si hubiéramos sabido que venían y nos hubiéramos preocupado por la comida. Debes quedarte a tomar el té, Diana, y así charlaremos.
—Priscilla dice que la cuñada de la señora Pendexter está casada con un duque inglés y sin embargo, se sirvió dos raciones de ciruelas en almíbar —dijo Diana, como si los dos hechos fueran incompatibles.
—Me atrevo a decir que ni siquiera el duque inglés hubiera hecho un desprecio a las ciruelas de Marilla —contestó Ana orgullosa.