Ana, la de Avonlea

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Ana subió con Dora y se sentó a su lado hasta que ésta se quedó dormida. Al día siguiente, Mirabel Cotton fue abordada durante el recreo y advertida «suave pero firmemente» de que cuando una tenía la desgracia de tener un tío que insistía en pasearse por las casas después de haber sido decentemente enterrado, no era de buen gusto contárselo a una compañera de pocos años. A Mirabel no le gustó que se lo dijeran. Los Cotton no tenían mucho de qué presumir. ¿Cómo iba a mantener su prestigio entre los escolares si le prohibían hablar del fantasma de la familia?

Septiembre pasó. Un viernes por la tarde, Diana fue a visitarla.

—Hoy he recibido una carta de Ella Kimball, Ana, y quiere que vayamos a tomar el té mañana por la tarde para presentarnos a su prima Irene Trent, que vive en la ciudad. Pero no puedo disponer de ningún caballo mañana y tu poni está rengo, de modo que no tenemos con qué ir.






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