Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—¿No podemos ir caminando? —sugirió Ana—. Si cortamos por atrás, a través de los bosques llegaremos al camino de West Grafton no lejos de lo de Kimball. Anduve por allí el invierno pasado y conozco el camino. No son más que seis kilómetros y no tendremos que volver caminando a casa, porque con toda seguridad nos traerá Oliver Kimball. Estará encantado por la excusa, porque él va a visitar a Carrie Sloane y dicen que su padre raramente le deja usar el caballo.

Quedó arreglado que irían caminando y la tarde siguiente emprendieron la marcha, yendo por el Sendero de los Amantes hasta la parte de atrás de la granja de los Cuthbert, donde hallaron una senda que se internaba en el corazón de acres de brillantes hayas y bosques de arce, en medio de una inmensa paz y tranquilidad.

—Es como si el año estuviera arrodillado rezando en una vasta catedral llena de suaves y coloridas luces. ¿No es cierto? —dijo Ana soñadoramente—. No parece correcto apresurarse por aquí, es una irreverencia, como si corrieras por una iglesia.

—De cualquier modo debemos darnos prisa —respondió Diana, mirando su reloj—. Ya casi no nos queda tiempo.


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