Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Bueno, andaré deprisa, pero no me pidas que hable —dijo Ana aligerando su marcha—. Quiero beber el encanto del dÃa… Siento como si tocara mis labios cual un vaso de vino eterno y debo degustar un sorbo a cada paso.
Quizá fuera porque se encontraba tan absorta «bebiendo», que Ana dobló hacia la izquierda cuando llegaron a un cruce del camino. Debió haber ido por la derecha, pero más tarde consideró este error como el más afortunado de su vida. Finalmente llegaron a un solitario camino cubierto de césped sin otra cosa que abedules en derredor.
—¿Pero, dónde estamos? —exclamó Diana asombrada—. Éste no es el camino de West Grafton.
—No, es el camino de Middle Grafton —dijo Ana algo avergonzada—. Debo haberme equivocado en la bifurcación del camino. No sé exactamente dónde estamos, pero debemos hallarnos a unos cuatro kilómetros de lo de Kimball.
—Entonces no podremos estar allà antes de las cinco, porque ya son las cuatro y media —dijo Diana con una intranquila mirada a su reloj—. Llegaremos después de que hayan tomado el té y tendrán que molestarse en servirlo de nuevo para nosotras.
—Mejor serÃa que regresáramos a casa —sugirió Ana humildemente. Pero Diana, después de considerarlo, resolvió lo contrario.