Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —No, debemos seguir y aprovechar la tarde ya que estamos en esto.
Unos metros más adelante, las jóvenes llegaron a un lugar donde el camino volvÃa a bifurcarse.
—¿Cuál debemos seguir? —preguntó Diana dubitativamente. Ana sacudió la cabeza.
—No sé, y no podemos exponernos a cometer más equivocaciones. Aquà hay un sendero que se interna directamente en el bosque. Debe de haber una casa al otro lado. Vayamos y preguntemos.
—¡Qué camino tan viejo y romántico! —dijo Diana mientras recorrÃan sus vueltas y recovecos. Se extendÃa bajo viejos y patriarcales abetos cuyas ramas se encontraban en lo alto, creando una eterna tiniebla donde no podÃa crecer más que musgo. Sobre uno de los lados estaba la tierra parda, cruzada aquà y allá por rayos de sol. Todo era muy tranquilo y remoto, como si el mundo y sus problemas estuvieran muy lejos.
—Me siento como si caminara por un bosque encantado —dijo Ana en voz baja—. ¿Crees que alguna vez hallaremos el camino de vuelta al mundo, Diana? Pienso que de repente llegaremos a un palacio en el que encontraremos una princesa encantada.