Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Al dar la vuelta al siguiente recoveco del sendero, se hallaron, no ante un castillo, sino ante una pequeña casa, casi tan sorprendente como lo hubiera sido un castillo en esta provincia de convencionales granjas de madera, tan parecidas todas. Ana se detuvo asombrada y Diana exclamó:
—¡Oh!, ahora sé donde estamos. Ésta es la casita de piedra donde vive la señorita Lavendar Lewis… creo que la llama «La Morada del Eco». A menudo he oÃdo hablar de ella pero nunca la habÃa visto antes… ¿No es un lugar romántico?
—Es el sitio más dulce y bonito que he visto o imaginado —dijo Ana, encantada—. Parece sacado de un libro de cuentos o de un sueño.
La casa era un edificio bajo, construido con bloques de piedra arenisca roja de la isla, con un pequeño tejado puntiagudo, donde asomaban dos ventanas con exquisitos frontones de madera y dos grandes chimeneas. Toda la casa estaba cubierta por una exuberante enredadera que hallaba fácil apoyo sobre la ruda obra de sillerÃa y que la escarcha del otoño habÃa tornado de un hermoso tono bronceado y rojo.