Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Delante de la casa habÃa un jardÃn del que partÃa el sendero donde estaban detenidas las muchachas. Bordeaba la casa por un lado y los otros tres estaban rodeados por una vieja pared de piedra, tan cubierta de musgo, hierbas y helechos, que parecÃa una inmensa loma verde. A derecha e izquierda, altos y oscuros abetos extendÃan sus ramas como palmas sobre él, pero a sus pies habÃa un pequeño prado reverdecido de tréboles que descendÃan suavemente hasta el lago azul del rÃo Grafton. No se veÃa otra casa o claro por los alrededores; sólo cumbres y valles cubiertos por jóvenes abetos.
—¿Qué clase de persona será la señorita Lewis? —preguntó Diana, mientras abrÃan la puerta del jardÃn—. Dicen que es muy peculiar.
—Entonces debe ser muy interesante —afirmó Ana decididamente—. La gente peculiar por lo menos es eso. ¿No te habÃa dicho que llegarÃamos a un palacio encantado? Por algo los duendes han entretejido magia por ese sendero.
—Pero la señorita Lavendar Lewis no tiene nada de princesa encantada —rió Diana—. Es una anciana… he oÃdo que tiene cuarenta y cinco años y que es toda gris.