Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Oh, eso es sólo parte del hechizo —aseguró Ana confidencialmente—. Su corazón es aún joven y hermoso… y si sólo supiéramos cómo conjurar el encantamiento, volverÃa a ser radiante y bella. Pero no lo sabemos. Sólo el prÃncipe lo sabe, y el de la señorita Lavendar no ha llegado aún. Quizá lo ha detenido algún fatal infortunio… aunque eso está contra las leyes de todos los cuentos de hadas.
—Me temo que llegó hace mucho tiempo y volvió a irse —dijo Diana—. Dicen que estuvo comprometida con Stephen Irving, el padre de Paul, cuando eran jóvenes. Pero discutieron y se separaron.
—¡Silencio! —previno Ana—. La puerta está abierta.
Las jovencitas se detuvieron en la galerÃa bajo la enredadera de hiedra y golpearon la puerta abierta. Hubo ruido de pasos dentro y apareció una personita singular, una niña de unos catorce años, de rostro pecoso, nariz chata, una boca tan grande que realmente parecÃa llegarle «de oreja a oreja», y dos largas trenzas de cabello rubio atadas con enormes lazos de cinta azul.
—¿Está la señorita Lewis? —preguntó Diana.
—SÃ, señora. Pase, señora… por aquÃ, señora… y siéntese, señora. Le diré a la señorita Lavendar que está usted aquÃ, señora. Está arriba, señora.