Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Con estas palabras desapareció la pequeña criada y las jóvenes, al quedar solas, miraron en derredor con ojos encantados. El interior de la maravillosa casita era tan interesante como su exterior. La habitación era de techo bajo y tenía dos pequeñas ventanas cuadradas, adornadas con cortinas de muselina llenas de volantes. Todos los muebles eran muy antiguos, pero tan limpios y bien conservados, que el efecto resultaba delicioso. Pero debemos admitir que el mueble más atractivo para dos muchachas llenas de salud que han caminado seis kilómetros en una fresca tarde de otoño, era una mesa servida con delicada porcelana azul pálido y cargada de deliciosos manjares, mientras pequeños helechos dorados esparcidos sobre el mantel le daban lo que Ana hubiera llamado «un aire festivo».
—La señorita Lavendar debe esperar gente a tomar el té —murmuró—. Hay servicio para seis personas. ¡Qué criada tan graciosa tiene! Parece un heraldo del país de los duendes. Supongo que ella podría habernos indicado el camino, pero tenía curiosidad por ver a la señorita Lavendar… Sssssh, allí viene.