Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Y la señorita Lavendar apareció en la puerta. Las jóvenes se llevaron tal sorpresa que olvidaron los buenos modales y se quedaron con la boca abierta. Subconscientemente habÃan esperado ver el tipo común de solterona, una persona angulosa, de estirados cabellos grises y anteojos. No podÃan haber imaginado nada más distinto de la señorita Lavendar.
Era una dama pequeña, de espesos cabellos blancos como la nieve, maravillosamente ondulados y peinados con cuidado. Debajo de ellos asomaba un rostro juvenil de rosadas mejillas y dulces labios, con grandes ojos castaños y hoyuelos, verdaderos hoyuelos. Llevaba un exquisito traje de muselina color crema con rosas pálidas… un vestido que habrÃa parecido ridÃculamente juvenil en la mayorÃa de las mujeres de su edad, pero que le quedaba tan perfectamente que no podÃa pensarse en ello.
—Charlotta IV dice que desean verme —dijo con una voz acorde con su apariencia.
—QuerÃamos preguntar por el camino a West Grafton —dijo Diana—. Estamos invitadas a tomar el té en casa de Kimball, pero equivocamos el rumbo y en vez de llegar al camino de West Grafton desembocamos en el camino lateral. ¿DebÃamos doblar hacia la derecha o hacia la izquierda a la entrada de su camino?
—A la izquierda —dijo la señorita Lavendar con una indecisa mirada a la mesa del té. Luego exclamó, como si se hubiera resuelto de pronto.