Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Pero ¿por qué no se quedan a tomar el té conmigo? Por favor, quédense. En lo del señor Kimball ya habrán terminado cuando ustedes lleguen y Charlotta IV y yo estaremos encantadas de tenerlas con nosotras.
Diana hizo una muda pregunta a Ana.
—Nos encantarÃa —dijo Ana rápidamente, porque habÃa decidido que querÃa saber más de la sorpresiva señorita Lavendar—, si no fuera mucha molestia para usted. Porque está esperando otros invitados, ¿no es cierto?
La señorita Lavendar volvió a mirar la mesa y se sonrojó.
—Sé que les pareceré terriblemente tonta —dijo—. Lo soy y me avergüenzo cuando me descubren, pero nunca si esto no ocurre. No espero a nadie. Sólo lo simulaba; estoy muy sola, ¿saben? Adoro la compañÃa, es decir, la verdadera compañÃa, pero son tan pocas las personas que vienen hasta aquÃ. Charlotta IV también estaba sola. De modo que simulé que iba a dar un té. Cociné, decoré la mesa, puse la porcelana de bodas de mi madre y me vestà para la ocasión.
Diana secretamente pensó que la señorita Lavendar era tan peculiar como la pintaban. ¡Una mujer de cuarenta y cinco años jugando a las visitas como si fuera una niña! Pero Ana, con los ojos brillantes, exclamó gozosa: