Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —¡Oh!, ¿usted también imagina cosas? Él «también» le reveló a la señorita Lavendar que tenÃa ante sà un alma gemela.
—SÃ, lo hago —confesó libremente—. Por supuesto es una tonterÃa en alguien de mi edad. Pero ¿de qué vale ser una solterona independiente si no puede ser tonta cuando tiene ganas sin herir los sentimientos de nadie? Una persona debe tener algunas compensaciones. A veces pienso que no podrÃa vivir sin la imaginación. No me sorprenden asà a menudo y Charlotta IV nunca dice nada. Pero me alegro que haya ocurrido, porque ustedes han venido en realidad y yo tengo el té listo. ¿Quieren pasar al cuarto de huéspedes a dejar sus sombreros? Es esa puerta blanca frente a la escalera. Debo ir a la cocina a vigilar que Charlotta IV no deje hervir el té. Charlotta IV es una niña muy buena, pero deja hervir el té.
La señorita Lavendar corrió a la cocina y las jovencitas subieron al cuarto de huéspedes, una habitación tan blanca como su puerta, iluminada por la ventana cubierta de hiedra y con todo el aspecto, como dijo Ana, de ser el lugar donde nacen los sueños.
—Es toda una aventura, ¿no te parece? —dijo Diana—. ¿No es dulce la señorita Lavendar aunque sea algo rara? No parece en absoluto una solterona.
—Creo que parece un sonido musical —respondió Ana.